miércoles, abril 11, 2012

EL TAMAÑO DEL CRIMEN (tres capítulos)


La editorial electrónica Sigueleyendo.es de España, ha publicado mi libro "El Tamaño del Crimen" en formato ebook.

Estos son los primeros tres capítulos.

—Basada en una historia real –dijo Mamá Oca, levantándose las gafas y añadió:– Se han cambiado los nombres para proteger a los inocentes que pudieran, contra todo pronóstico, continuar vivos allá afuera.

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1

La muerte nunca se viste de gala, no se arregla para flashes y visitas. Llega con pantuflas de felpa y batas holgadas y le abrimos la puerta porque solemos confundirla con la rutina y la normalidad.

Había platos sucios en la mesa, ropa en sitios inverosímiles, un olor a cigarro antiguo, a cuarto que no acostumbra ventilarse nunca.

Un cierto aire a desesperación, soledad y tristeza.

Como el de mi casa, por supuesto.

La televisión estaba sintonizada en los informerciales porque se necesita una voz para acallar el silencio y cualquier cosa es mejor que el vacío.

Bueno, no más.

Éramos tantos uniformados que de no ser yo tendría que haberlos apartado a codazos para poder ver el cuerpo.

Tantos policías y tan poco cadáver.

Fue el verme y que el mar azul se partiera en dos dejándome un camino directo a la víctima.

— Capitán — decían, cuadrándose.

No soy capitán pero supongo que los galones se ganan cuando firmas aceptando el puesto.

Era casi divertido.

Cuando me dijeron que este trabajo me aseguraría trato preferencial y asientos de primera fila no creí que se referían a un pase VIP para ver un rostro ennegrecido, la boca abierta, la lengua colgante.

Colgaba del ventilador y sus pies estaban a más de un metro del suelo. No es que el cuarto fuera inusitadamente alto, es que el muerto era inusualmente pequeño.

Parecía una mosca al final de una telaraña, un foco colgando de un cable desnudo, un yoyó.

No había silla derribada cerca, o escalera.

Era triste y patético.

Daban ganas de darle un leve golpecito para verlo balancearse. Porque no parecía real.

Pero lo era.

Detrás de mí la forense masculló, irritada.

—Por supuesto.

Me hizo a un lado mientras se ponía los guantes de látex cubriendo sus manos anormalmente blancas.

—Tenía que ser en mi turno…

Con una delicadeza infinita tomo el cuerpo en la palma de su mano, y con un golpe de tijera cortó el hilo negro del que pendía. Lo guardó todo en una bolsita de plástico con el rótulo de Evidencias.

Me miró como si yo fuera el culpable de todo eso.

—¿Sabe lo difícil que va a ser hacerle la autopsia a Pulgarcito?

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2

No es posible olvidar el cuchillo. No el dolor inoxidable. El brillo negro.

Con qué miedo se estremecen. Saben la forma precisa del horror porque lo llevan impreso en su carne.

Pueden dibujar, si quisieran algo así, el filo preciso del acero. Basta con trazar el borde de las cicatrices, con observar el hueso serrado de la mutilación.

Gimen en sueños. Cada uno escucha a sus hermanos y saben que está ahí, que será cuestión de segundos para que el acero abra el músculo y hurgue dentro de ellos.

No despiertan para escapar de la pesadilla porque fuera del sueño también está.

En su cuerpo roto, en sus heridas que no cierran.

Gimen y lloran.

Se estremecen.

Pero en el miedo también hay furia. En el llanto un rechinar de dientes.

Un silencioso rugir.

Se estremece en su prisión y sus cuerpos patéticos también se preparan para la acción.

Vean a los tres ratones ciegos correr en sueños.

Corren hacia la mujer que los mutiló. Corren hacia el cuchillo y la herida dejando atrás sus pobres colas rotas.

¿Quién podría creerlo?

Heridos, atrapados, torturados, enfermos se preparan para devolver el golpe.

¿Han escuchado en su vida algo así?

Tres ratones ciegos que corren, heridos.

Lloran y cada lágrima será la sangre derramada de sus enemigos.

Cada dolor, cada gemido, cada lágrima multiplicada por mil, en mil cuerpos.

No sólo quienes lo permitieron, no sólo contra quienes abrieron sus cuerpos y lo siguen haciendo.

Todos. Por permitirlo. Por no detenerlo. Por no ser ellos: víctimas.

Por eso: culpables.

Por ello también deben pagar.

Y pagarán.

Todos y cada uno.

Y el cuchillo que los mutiló incesantemente no será nada en comparación.

El dolor será entonces dulce y ellos podrán, al fin, sobre el cadáver de todos, dormir tranquilos.

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3

— Creí que no llegabas –me dijo el Canciller acomodándose el cuello de la camisa mientras allá abajo se oía la orquesta afinando y el trajinar de la gente buscando sus asientos.

Me molestó su tono arrogante, el que estirara el cuello para que yo arreglara el desastre que había hecho con su corbata de moño.

O tal vez me irritó aún más, que yo, sin pensarlo, la arreglara con un par de movimientos exactos y sonriera buscando su aprobación.

Dios mío ¿cómo podía dejar de ser yo?

Quise (no pude) darle un tono cortarte a mis palabras:

—Hubo un homicidio, soy el Capitán de la División de Homicidios, ergo…

Pasó su terriblemente bella ala sobre mi hombro y dándome unos golpecitos condescendientes afirmó:

—Para eso están los subordinados. Para informarte mañana cómo avanzaron.

—Yo…

—Amigo mío, que no te pese el uniforme, ni la estrellita de latón. Son medallas y no yugos. No estás ahí para trabajar. Estás ahí porque es un puesto de poder y los puestos de poder son para nosotros.

Graznó, complacido, y se acomodó en el asiento rojo como si fuera un acogedor nido de ramas.

Picoteé mi cojín antes de sentarme, simplemente para que no viera mi cara.

Yo mismo ignoraba mi expresión. ¿Hastío? ¿Molestia? ¿Orgullo? ¿Satisfacción?

¿No había rogado toda mi vida para estar aquí, con el Canciller y los suyos, en teatros finos y con ropa cara?

—¿Qué vamos a ver? –dije, buscando mi programa.

—¿Qué otra cosa? El Lago de los Cisnes.

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