jueves, abril 29, 2010

EL ALEGRE CAOS

(Flickr de Ryan Furbush)


Sillas incrustadas en las paredes, muros pintados en parte, camas en el techo.
Nos invitan a su casa, nos sirven en tazas y jeringas, sopa de aromáticas rocas.
Se acomodan en sillones a los que han dejado sólo los resortes y las vemos sonreír, cómodas y felices.
Hablar con ellas es un juego de acertijos de los que nadie tiene la respuesta. Sabemos que ellas no ven las cosas como nosotros.
Reímos con las hadas, las ayudamos a emplumar sombrillas y nos damos cuenta que, aunque estén aquí, aunque nos rocen sus dedos etéreos y podamos disfrutar sus besos de rocío, no las comprendemos, no sabemos la forma real del mundo dentro de sus mentes.
No ven lo gris, no ven la lógica en la que nos movemos, dichosamente ignoran qué es el tiempo, la angustia, los adioses.
Qué soledad cuando las abrazamos en medio del alegre caos de sus cosas, porque sabemos que no están aquí, con nosotros.

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