Cuando te alejaste, mujer, tatué tu rostro para no olvidarlo. Tu sonrisa, tus labios. Tinta en vez de ti.
El tatuaje no sanó. El dolor persistía, la inflamación empezó a crecer. El doctor la llamó queloide: cicatriz que crecía por si misma, deformando tus rasgos.
Me acostumbre a ello, incluso me dije que podía olvidarlo. Entonces regresaste, mujer, y yo grité, al ver en lo que se había transformado tu rostro.
El tatuaje no sanó. El dolor persistía, la inflamación empezó a crecer. El doctor la llamó queloide: cicatriz que crecía por si misma, deformando tus rasgos.
Me acostumbre a ello, incluso me dije que podía olvidarlo. Entonces regresaste, mujer, y yo grité, al ver en lo que se había transformado tu rostro.









2 comentarios:
Muy bueno, me gustó José Luis.
Esa deformación en principio del tatuaje que luego trascendió a la mujer.
Un saludo indio
uf! Espeluznante!
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