El hombre tatuado mira sin ver el techo, ponen dos monedas sobre sus párpados. Los amigos del circo pasan a despedirse, los parientes que no aprobaron nunca el mundo de dibujos que lo cubrieron, los tatuadores que sentían que sólo él lograba que sus trazos parecieran vivos, la mujer que recorrió cada línea con su piel, la que juraba, que a veces, los colores respiraban por sí mismos, pero ¿qué importa ya? Es hora de despedirse, la función ha terminado.
Nadie ve temblar a los dibujos, nadie siente el miedo que los ahoga, ninguno sabe qué les espera en la lenta disolución.
Nadie ve temblar a los dibujos, nadie siente el miedo que los ahoga, ninguno sabe qué les espera en la lenta disolución.









2 comentarios:
Me ha gustado tu microrrelato.
Isabel
justo en un rato me hago un tatuaje man
espero también baile en mi cuerpo
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