martes, julio 28, 2009

ESPIRAL

(DevianArt de Miftahur Rizka)



Diez siglos antes de que yo entrara en ese bar, un hombre surgió del desierto, devastado por el seco mar de fuego. Iba desnudo, pero trajo consigo un tesoro incalculable. Una imagen.
Tocó la arena, y un vórtice se trazó casi por voluntad propia.
— ¡El signo de Dios !
Un millón de hombres grabaron ese signo en sus estandartes, sin más retorica que la imagen, dispuestos a todo por ella, y recorrieron los siglos multiplicándolo en guerras y victorias.
Fui a la barra ignorando los ejércitos que se levantaron en mil tierras devastadas para detenerlos, para que el signo cayera junto con la religión levantada en su nombre. Vencieron, pero nada es perfecto y un par de vórtices se conservaron, entre polvo y olvido.
Un hombre cualquiera, tan común como el profeta que entró a ese lejano desierto, quedó fascinado por su fuerza circular: la trazó sobre una piel, en el rostro de una mujer que se atrevió a marcar su rostro con el dibujo indeleble.
En un bar cualquiera, levantó la vista y pude ver su rostro y el vórtice milenario. Y quedé atrapado.
Y sí, continuaba siendo el signo de Dios.






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