sábado, junio 13, 2009

FEBRIL

(Flickr de Karine Léger)





Parecía una erupción insignificante. El tatuaje había cicatrizado y, fuera de la tinta, no era más que piel normal. Pero la carne alrededor había enrojecido súbitamente, luego empezó a supurar, después aparecieron anormales excrecencias.
Viniste con miedo, yo era el quinto especialista que consultabas. Estabas dispuesta a probar cualquier cosa: el dolor no admitía réplica alguna.
No fue un proceso ortodoxo, lo sé. No fue una deducción lógica.
La carne deseaba librarse del tatuaje. Había desencadenado una ofensiva inmunológica. El cuerpo lo rechazaba.
Para que la piel regresara a la normalidad, bastó con retirarlo.
Estuviste tan agradecida que me visitaste una y otra vez, salimos juntos, nos enamoramos.
Hoy duermes junto a mí, puedo ver tu hombro desnudo, pongo mi palma en él, disfruto de la cálida sensación de tu carne. Demasiado cálida, febril.
Aparto la mano y veo en tu carne la erupción roja, el primer síntoma del rechazo. Marca, en tu hombro, la silueta de mis dedos.




1 comentario:

Alejandro Ramírez dijo...

Extraordinario. Qué buen cuento, qué historia, qué narración.

Un abrazo.