jueves, enero 15, 2009

LLANTO


Los niños no existen más, pero el perro persiste.
Lo mira bajar las escaleras eléctricas con la sonrisa animal en su rostro de acero. Piensa en planos y hojas de circuitos que permitieron ensamblar perfectamente su alegría. Se dice que debe detenerlo, tocar el control secreto para que los engranes y relés se detengan. Pero no hay nada que le provoque más miedo que estar presente cuando la mascota se convierta en simples piezas inanimadas. Ellos no lo hubieran querido. Sus amados ellos que ya no quieren nada.
El animal recorre las rutas programadas, y ladra, contento, mientras la correa se tiende, invitadora. No le ruega a él, que no tecleó las ordenes necesarias. Mueve la cola de muelle a alguien que no está ahí. El hombre y la máquina casi pueden percibir una silueta, creen ver algo en la perfecta nada.
El hombre gime, por lo bajo, se dice que la pila atómica del juguete durará tanto como su dolor. Mira lo que no está ahí, perfectamente claro.
Llora. Un sonido desolado, lejano, inmortal.
La máquina busca la fuente del sonido. Nada hay. Una casa derruida, muebles quemados, una ciudad ceniza. Y él, rogando a la nada y escuchando, sin comprender qué es, a un fantasma.

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