martes, octubre 21, 2008

LA VIDA PASA


Nunca ví a los desolados padres que construyeron en el Panteón Municipal un cuartito blanco sobre la tumba de su hijo, cosa muy normal, y que adornaron con juguetes que observaba siempre, cuando íbamos a visitar a nuestros muertos, y yo (niño aún) me parecía lo mejor de la visita el disfrutar de los carritos y aviones de lata, pero un día cambiaron esos juguetes por balones, y luego por libros juveniles, y después por artículos de estudiantes, y más tarde por libros de leyes y juegos de oficina y entonces comprendí que a esas personas el hijo muerto les crecía más y más y estaba a punto de recibirse de abogado, y un día — el último en que me atreví a asomarse por las ventanitas del cuarto blanco — había un traje negro y un ramo blanco, de novia, y no quise imaginar que se suponía que significaba eso, que compañera podía haber encontrado ese niño muerto que era ya un hombre.

2 comentarios:

Palimp dijo...

Hace tiempo que te leo aquí en tu blog y en las colaboraciones de Químicamente Impuro. Me decido a escribirte porque tus cuentos me gustan mucho. Este de hoy es impecable.

Felicidades y gracias.

José Luis Zárate dijo...

Mil gracias.
:)

z