jueves, agosto 28, 2008

QUITZÄ


Un nuevo cuento traducido al italiano, gracias a la labor de Gianluca Torconi. Aqui.




El objetivo de todo sitio es la rendición última.
Que los defensores abran por voluntad propia las puertas, dispuestos ya a la rapiña de los vencedores, al fuego y el sacrificio.
Las manos sobre los últimos cerrojos, el instante en que se dicen que — con esa acción — tal vez estén dando permiso para la masacre.
El objetivo ultimo del sitio, es /por supuesto/ las almas de quienes osaron detener a los conquistadores. Quienes comandaron la resistencia deben abandonarla, sin esperar perdón alguno, seguros de que sus cabezas adornarán los estandartes enemigos.
Derribadas las protecciones, abierta la ciudad se espera el seguro paso de los vencedores, llenos de la serena ferocidad de la victoria. Ellos traen las nuevas ordenes, los nuevos dioses, los destinos frescos de cada uno de los sitiados que (exhaustos) los miran pasar como si no tuvieran nada que ver con su destino.
Después de tantas horas, de tanta lucha, el miedo es algo rancio, minúsculo que no puede vencer al cansancio, al hambre, al abandono.
Poco a poco, empiezan los llantos nuevos, a levantarse el fragor del botín, la sangre a correr por las calles, humo vivo recorriendo el cielo.
Quitzä dejó caer el arma última.
No más resistencia, ni batalla.
El triunfo era del sitio.
No hubo gritos, felicitaciones por parte de los vencedores. Nada, más que el silencio multitudinario con el que siempre combatieron.
El hombre desnudo, quien había cargado sobre sus hombros la responsabilidad de la derrota hubiera esperado la misericordia del sacrificio, un verdugo saliendo a su encuentro, mil brazos tendiéndose ansiosos de su carne, del corazón que latía — exhausto — en su pecho.
Nada.
Nadie.
— Quitzä es suya — gritó para salvarse del silencio, por qué debía decirlo claramente.
No hubo respuesta, pero no podía exigir ninguna.
Las reglas las dictaban los otros.
Era la razón, los ciclos, la cordura del vencedor la que regiría.
¿Deseaban esa nada?
Esa nada la ganaron en los mil días de asedio.
El hombre hizo un gesto, los primeros avanzaron hacia los sitiadores, seguros de que eran la sangre inaugural de la matanza. No había otra alternativa. Todas murieron, fueron terminándose durante el sitio.
Cuando se rindieron sabían a qué.
El invasor sólo daría volumen al horror, establecería las pautas de las muertes.
Nada gritó a lo lejos, entre las plantas, en las líneas enemigas. Ningún sonido en la espesura, ni aves, ni monos, ni las voces de los que avanzaron primero.
— Los devoraron — pensó el hombre desnudo, porque era un pensamiento menos atroz que desaparecieron entre el enemigo.
Poco a poco los habitantes de Quitzä se levantaron de la tierra, y fueron al borde último, al camino roto por la vegetación que nadie reparó nunca, ocupados en la supervivencia.
Detrás de esas hojas verdes, detrás... el destino.
Tal vez uno diferente por cada uno que entrara ahí. No importaba. Lo sabrían. Al ceder habían cedido a todo.
Nadie llevo nada ¿quién llevaría algo en la derrota? Nada era suyo, todo — su carne misma — de los vencedores.
Las mujeres, los niños, los ancianos. Los guerreros /indefensos sin sus armas, deshechos por el sitio/ no eran más que hombres desnudos que avanzaban.
Por fin quedó él. El hombre que entregaba Quitzä al enemigo.
Tal vez su destino era quedarse ahí, ver avanzar /múltiple, plural, ajeno/ al ejercito que ahogó los caminos, que fue asfixiando la vida de su ciudad, al que entregaba todo: territorio, pirámides, dioses, cada objeto.
Pero él también debía ir hacia lo verde, entre las hojas, descubrir que lo aguardaba en el silencio.
Miró el arma última clavada en la tierra. Quiso enterrarla en su pecho, pero era tarde. La enterró cuando decidió rendirse. La enterró en cada uno de los vencidos.
— Es suya — lloró, por que /tal vez/ ni siquiera era una gran victoria para los sitiadores.
Lenta, múltiple, plural, ajena, la armada vencedora avanzó.
Largos brazos verdes se levantaron, raíces silenciosas rompiendo la tierra nueva, semillas danzando en el aire, una enredadera subiendo — en mil días — las escaleras rendidas de la pirámide.
Desde lo alto, a la velocidad vegetal de la selva, avanzó, devorando a Quitzä y su memoria.

No hay comentarios.: