domingo, mayo 18, 2008

ARENA

Llegará, pensó durante 3,763 días. Vendrá del Oeste, a través de la playa, montado en un caballo blanco. En sus manos el placer, en sus labios mi nombre que desconozco, el nombre secreto que sólo los amantes se susurran en la oscuridad. Será una tarde cualquiera, mientras me detengo un segundo a ver el mar.
Vendrá pensó año tras año, cada vez con menos fé. Un día dejó de buscar en el horizonte. Era vieja para ello, cansada de tanta esperanza, harta de la soledad.
Durante un tiempo lo añoró tanto, lo creyó tan real que se imaginaba que iba a crearlo de la nada, que iba a nacer de la misma arena, que lo haría carne sólo mediante el deseo.
Durante un instante creyó con todas sus fuerzas. Vendrá, vendrá, vendrá. Pero nadie más que ella se encontraba en la playa. Era el último de los 3,763 días.
Camino de regreso a la casa vacía, no se fijó en las huellas de un caballo en la arena, que venía del Oeste. Huellas firmes, precisas, reales, que se detuvieron a unos pasos antes de encontrarla. Huellas que no continuaron de modo alguno, como si quien las creó hubiera desaparecido de golpe, como si un caballo y un jinete pudieran desaparecer como un sueño que se ha convertido en muy pesado de soñar.

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