sábado, enero 13, 2007

FRÍO

Frío. Tanto que el aliento podía verse. Pero era verano. Era yo quien estaba lleno de invierno. Por eso no me extrañó ver a mi hermano muerto en la sala, esperándome.
Me senté a su lado, sin decir una palabra. Lucía igual que antes. Pero yo vi su piel blanca, sus manos muertas aferrando la garganta llena de agua.
Había tanto qué decir. El nudo en mi garganta lo impidió. Lloré a su lado, me recargué en sus piernas muertas, sentí su mano fría tocar mi pelo.
Calma. Calma. Era de nuevo el hermano mayor, de nuevo me consolada.
— No quiero que me dejes — dije al fin, lleno de agobio, del temor a la soledad.
Su voz era suave, bondadosa.
— ¿De qué hablas? Nunca voy a dejarte. Nos ahogamos los dos.

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