miércoles, noviembre 22, 2006

OJOS

Yo, con mi vestido blanco cuidadosamente acomodado, la pared llena de hierba humedecida para darle una apariencia fresca, los reflectores tan bien puestos que la luz parece natural. Y el niño. El niño mirándome, a punto de llorar.
Nos inclinamos todos sobre la fotografía. Ningún niño estuvo en ese instante, nadie de la producción lo vio mientras tomábamos las fotos del calendario. Pero ahí estaba.
-- Un fantasma – dijo alguien, y se pusieron a contar anécdotas: tumbas vacías que tenían a su alrededor un cortejo invisible para todos, excepto para la lente, cosas que aparecían durante el revelado: sombras casi con rostro, manos, bocas, ojos.
Me estremecí. Gracias a Dios no deberíamos repetir la toma. 10, 20 fotografías no mostraban nada y eran perfectas.
Tomo una cámara. Miro el lente. Para él las sombras y nosotros somos de la misma materia, la luz y nuestra carne lo mismo, lo visible y lo invisible.
Un ojo fijo no tiene expresión, un iris no nos dice nada de quien ve.
Miro el cristal, su fría indiferencia. Me da miedo, entonces, pensar cómo me ve. Qué imagen tiene de mí.
Para el ojo inmóvil de la cámara todos somos fantasmas.

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