lunes, agosto 11, 2003

En algun momento todos hemos tenido que arrancar una parte de nosotros, tanto da si fue una costra minima, o el retirar una curación llena de sangre y tejido a medio cicatrizar. Hemos visto los puntos de sutura retirados, una uña que se desprende con un sonido líquido, la forma en que un zurco de carne se abre paso hasta la sangre.
Hemos visto el mecanimo de los músculos rotos, de los nervios expuestos al dolor. La piel es frágil, mínima. La barrera entre el universo y nuestra carne: una gasa terriblemente fina.
Una cáscara.
La piel, entonces, no es nosotros. Nosotros somos lo que se oculta atrás, adentro, entre la sangre y los musculos desprotegidos.

Visto el interior, la carne retirada casi sin esfuerzo alguno, la perspectiva cambia.

Después de un accidente, una enfermedad, el desgaste del tiempo, uno se ve desnudo y sabe que la piel intacta es una mentira.

La forma verdadera es la herida.


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